It's only you stopping you.

jueves, 29 de marzo de 2012

Lo inevitable.

-Nadie dijo nada de salvar a tu padre –susurró Nessie.
-¿Qué? Él no tiene nada que ver con esto.
-Igualmente, incumplió las normas –dijo Kendra-. Si quieres salvarlo, ya sabes que debes hacer.
-No pienso unirme a vosotros de nuevo, no soy como vuestro clan, soy diferente.
-Eres absolutamente igual que nosotros, y lo sabes, no eres más que una asesina, lo llevas en la sangre.

Cerré los puños. No podía dejar que Philippe muriera, no ahora. Porque entonces todo cambiaría, tendría que viajar sin rumbo hasta dar con Anne, mi madre. Y eso no sería fácil… Tenía que evitarlo.

-Layla –balbuceó mi padre-, no lo hagas, tú mantente firme.
-Cállate Ayden –dijo Brenan, acercando más el cuchillo a su cuello.

Medité por un segundo.

-Está bien –dije-. No me uniré a vosotros, pero os ayudaré en la lucha contra los Guardianes. ¿Os sirve?
-No –sentenció Kendra.

Apreté de nuevo las manos, haciendo que mis nudillos sobresalieran más de lo normal. No podía permitir que mataran a mi padre, y menos delante de mí sin poder hacer nada. Pero yo no iba a quitarme el lazo, no desataría la coleta. No lo haría.

-Demuéstrame qué sabes hacer, Deirdre –susurró Nessie al borde de mi oreja.

Su mano se desplazó hacia mi coleta y tiró del lazo, deshaciéndolo. Mi pelo se soltó, y noté como esa sensación me invadía de golpe. Como cada capilar se alimentaba de su propia sangre, y era capaz de regenerar aún más glóbulos. Como cada célula se reproducía a más velocidad de lo normal, tal como lo haría un virus infectando las células benignas del cuerpo. Como mi corazón disminuía el ritmo de sus pulsaciones, como mis ojos se bañaron en sangre.

-¡Deirdre, no! –Chilló mi padre.

Lo siento papá, nunca pensé que llegarías a verme así. Nunca lo hubiera querido. Siento estar a punto de decepcionarte.

Lo siento mucho, papá, no soy más que una asesina.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Lo verdadero.

Me sonrió y siguió comiendo. Athan… qué escondes debajo de esa sonrisa. Algo debes tramar, algo hay en tu mente que no me produce buenas vibraciones. Algo más allá de lo que yo pueda imaginar.

-Muchas veces me he preguntado qué pasaría si el mundo se destruyera –empezó él-. Si se extinguiera toda raza exceptuando dos especies. Las más fuertes, las más feroces. Cuán más primitivas mejor. Y que tuvieran que luchar entre ellas para conseguir comida, para conseguir llegar más allá de la extinción masiva. Me pregunto si los humanos seríamos este tipo de supervivientes.

-Te aseguro que no –sentencié.

-¿Por qué no? Somos la especie más inteligente.

-No a nivel primitivo. Imagínate que nos destruyen todo lo que conocemos actualmente como mundo, no quedaría nada, tendríamos que luchar para conseguir lo que queremos. Apenas sabemos luchar, no sabemos desgarrarnos la piel, destrozarnos los huesos y seguir luchando. Eso no es instinto animal. Nos han adiestrado como han querido –bebí un poco del agua de mi vaso-. No seríamos más que un aperitivo para los demás, si eso pasara. No somos lo suficientemente valientes como para arriesgar nuestra vida por los demás.

-¿Demasiado egoístas quizás?

-Quizás –alcé los hombros-. Pero demasiado simples, eso seguro.

-¿Por qué simples? Sigo pensando que no es así, somos la especie más inteligente y más evolucionada.

-No a nivel carnal –solté un largo suspiro, no había manera de razonar eso para que le entrara en la cabeza-. Hoy en día, para sentirnos seguros de nosotros mismos necesitamos, por ejemplo, un móvil que nos haga todo lo que no podemos hacer nosotros, que sea capaz de expresar lo que sentimos sólo con tocar algunas teclas. Es más fácil escribir que decir, pensar que demostrar, jurar que actuar. Por eso, somos demasiado simples. Nos centramos en cosas que no necesitamos, les damos importancia a objetos que deberían ser usados, y acabamos usando a quiénes deben ser amados. Ese es el gran problema que tenemos y que tú, probablemente, nunca llegarás a comprender, querido Athan.

-¿Es eso una indirecta negativa?

-Sólo si te sientes aludido por ella.

-No lo hago –dijo, con firmeza.

Demasiado simples, repetí en mi cabeza. Ese es el problema de la mayoría. No hablo de perfeccionismo, ni tampoco de complejidad, más bien de simplismo por abandono de los sentidos. No necesitamos esforzarnos para nada, nos lo dan todo hecho, y ahí es donde empieza nuestra involución.

martes, 6 de diciembre de 2011

Lo imperceptible.

Y así pasaron las horas. Entre clase y clase, notaba como su mirada se clavaba en mi espalda. La notaba recorrer mi espina dorsal, arriba y abajo. Sin cesar. No sabía qué querría de mí, si realmente era una cita o sólo una excusa más para reírse de mí. En breves lo sabría.

Las clases ya habían terminado, y todo el mundo se estaba yendo. Cogí mi bolsa y alguien me cogió de la coleta suavemente.

-No huyas –sonrió.
-No iba a huir de todos modos.
-Quién sabe –murmuró-, no sería la primera vez que me dejan plantado, así que. No me lo tomaría a mal.
-He dicho que tampoco iba a hacerlo.

Ahí concluyó la conversación hasta que llegamos al lugar más cercano donde la comida resultaba más o menos apetecible y eran algo más que grasas sobresaturadas. Pese a eso, el silencio duró poco.

La gente no entendía que un silencio no eran minutos perdidos. Al contrario, un silencio a veces sentenciaba mucho más que unas palabras. Un silencio se transformaba súbitamente en una destrucción masiva. Y sin embargo, resultaba un apocalipsis producido de la nada.

sábado, 12 de noviembre de 2011

¿Pero puedo decirlo?

Mis ojos están brillando, porque estoy aquí, afuera.
En el otro lado del espejo negro del hotel.
Y estoy tan débil.
Es tan difícil de entender, estoy incompleto.


Y regálame una sonrisa que sepa a agua marina. Que sepa a todos los recuerdos del ayer, impregnados en cada uno de mis pelos erizados de mis brazos. Regálame una sonrisa que olvide porqué brotaban mis sentimientos más allá de mi cuerpo, que olvide porqué sólo te veía con los ojos cerrados. Porque todo volvió a ser oscuro en un lugar iluminado por el esplendor.

Y regálame un beso que me haga aprender porqué no puedes quedarte, donde muchas luces forman una sombra. Que me haga aprender donde perdí el hilo que llevaba al interior de las cosas, el motivo de los hechos, de los roces sin derechos. De una vida sin recuerdos.

¿Pero qué puedo decir?
Ante una vida que es tan exigente, me vuelvo débil.


Y regálame una caricia que recuerde que aún sigo vivo, que mi corazón sigue latiendo, que mis dedos siguen sintiendo. Que no lo he perdido todo más allá de una de mis arterias principales. Y, sin embargo, no dejaré que mis esperanzas broten en el suelo. Las cortaré para hacerlas crecer en otra maceta, donde la tierra sea firme y huela a agua marina.

Porque donde nace una flor, antes hubo una tormenta.

Ahora sé, que no puedo hacer que te quedes.
¿Pero dónde está tu corazón?

jueves, 10 de noviembre de 2011

Lo desconocido.

Bajó del bordillo y fue corriendo hacia la clase del medio del pasillo, la B, donde Marcos estaba escribiendo en la pizarra una cosa que no llegaba a apreciar desde ahí. Suspiré. Beth y Marcos. Polos opuestos se atraen, dicen.

En realidad, nunca llegué a creer en eso. Puede ser que sea la atracción a lo desconocido. A todos nos parece gustarnos alguien a rabiar los primeros días que lo conocemos, y más si tiene afinidad con nosotros. Pero… no es nada más que eso. Atracción a lo desconocido, atracción al abismo. Es una sensación que hace que cuando estás en un balcón, te sientas atraído por saltar. En el fondo, no lo haces, porque sabes que no hay fundamento en esa sensación. Pues lo mismo, nada más que una simple atracción.

Quizás sonará muy dramático, pero ese engaño era el que de verdad confundía a las personas y les hacía daño. Conoces a alguien, los dos os gustáis, empezáis a salir juntos. ¡Apenas hace una semana que os conocéis! No sabes si sois compatibles. Pero sí, pasareis dos meses geniales, quizás tres, quizás más, quizás menos. Pero luego, es probable que todo termine, que uno haga daño al otro, que os hagáis daño ambos. Marcos y Beth. Sin embargo, no quería llenar la cabeza de mi amiga con estas estupideces. Que yo nunca me hubiera enamorado, no significaba que ella tampoco.

[Fragmento de mi libro]

jueves, 3 de noviembre de 2011

19 días.

Ella se acercó a mí con pasos firmes, estaba segura de lo que iba a decir. Yo, no tanto.

-¡Hace 19 días, 7 horas, 28 minutos y 2 segundos que te espero! -chilló.
-¿Y qué quieres decir con eso?

Dibujé una sonrisa, achinando mis ojos involuntariamente. Se quedó parada, así que yo continué:

-En mi caso, llevo toda la vida esperándote y nunca he dicho nada al respecto.

Quebré sus esquemas.

-¿Qué quieres decir con esto?
-Es muy simple… -sonreí, de nuevo-. Dime que me quieres de verdad. Dime que en estos diecinueve días no ha pasado nada, que tú no has cambiado. Yo no he cambiado, sigo queriéndote. Sin embargo, cuanto más tiempo paso contigo, más me doy cuenta que no eres de quien me enamore.
-Sólo son palabras... Yo te quiero, no he cambiado -se giró, intentando entrar en casa de nuevo.

La cogí del brazo.

-No necesito palabras para expresar algo. Porque, por suerte o por desgracia, siempre están ahí, volando, flotando, para herir, alegrar el día o simplemente hundirlo. Absolutas estúpidas e increíbles palabras. Sabes de sobras, que mis actos reflejan mis sentimientos.

No me miró, simplemente, se zafó de mi mano, y entró en casa. La seguí, y ella se sentó, como siempre, delante de mí. En el sofá rosa de terciopelo, como de costumbre. Pero todo no era como siempre, había algo extraño, algo había cambiado en esos diecinueve días. No podía haber cambiado, no lo permitiría, no me permitiría el lujo de perderla.

-¿Desde cuando tonteas con niñas pequeñas?

La pregunta me sobresaltó.

-Yo no tonteo con nadie –susurré-. Lo que sea que te imagines, no es verdad, simplemente eres tú que desde que he llegado estás a la defensiva.
-¿A la defensiva? –Empezaba a ponerse histérica-. Yo lo único que hago es preocuparme por ti. Si eso es tan malo…
-No estoy diciendo eso –dije, pausadamente-. Simplemente, no quiero alejarme de ti, quiero protegerte, y que me digas eso pues…

Se creó un silencio en el ambiente. Un silencio incómodo que ella cortó, como siempre, con las palabras menos adecuadas.

-Soy lo suficientemente mayorcita como para saber qué me conviene y qué no –escupió las palabras con rabia-. Soy lo suficiente mayor, no es necesario que me protejas.

Y sin motivo aparente, algo se rompió dentro de mí. Palabras, simples palabras. Como un rayo travesando un árbol, algo se estaba fundiendo. Sin saber por qué, me levanté, y dije, entre susurros:

-Pensé que lo de que nunca ibas a dejar de quererme –mi voz se quebró de golpe- en fin, que iba en serio. Que diecinueve días no serían diecinueve quilómetros de distancia entre tú y yo.
-Yo… -me miró, arrepentida, sin embargo, no era la mirada que yo conocía de siempre. Ella había cambiado- Lo siento.

Sonreí, y susurré, antes de echar a andar:

-En realidad, ¿qué es lo que sientes?

jueves, 27 de octubre de 2011

Flashback

Abro los ojos una vez más. Cojo aire, lleno mis pulmones de aire, lo expulso. Así reiteradamente. Dónde estoy. A mi alrededor, hay gente, mucha gente. Mis miradas y las suyas se cruzan entre sí. Su expresión es similar a la mía. Cómo llegué aquí.

Mi hombro choca con el de otra persona. Nos miramos. Es perfecto. Lo demás desaparece, se acerca a mí. No sé quien es, pero es como si lo conociera de toda la vida. Como si le hubiera querido durante toda mi existencia. Como si él me hubiera estado esperando. No lo conozco, no sé poco más que le he amado desde que llegué aquí, y sin embargo, me besa.

Lo siento todo de golpe, siento sus labios oprimiendo los míos, su calidez encima de la mía. No sé cuanto tiempo ha pasado, pero seguimos juntos. Y los besos van aminorando, y el verano deja paso al invierno, y no hay transición de otoño. ¿Por qué duele tanto? ¿Por qué estamos tan lejos? Se acerca a mí, cierro los ojos, me besa.

Tiene sabor a último beso. Y, sin poder evitarlo, todo empieza a marchar de nuevo. Él se gira y sonríe. Vuelve a andar, se aleja. Era perfecto. La gente sigue chocando conmigo, pero no se percatan que estoy ahí, o no le dan importancia. Hay más gente, pero esos ya no se acercan a mí.

Miro hacia atrás por última vez. Ese chico, está muy lejos. Apenas puedo recordar su nombre, sin embargo, recuerdo el sabor de cada beso, el sabor de cada sentimiento fluyendo dentro de mí. Intento ir hacia atrás, pero no puedo, no puedo moverme en dirección contraria.

Evitando que mis recuerdos broten más allá de mi cuerpo, doy un paso hacia delante. Y otro más. Y otro. Empiezo a andar, soy una más entre la gente que avanza. Hacia delante.

Abro los ojos una vez más. Cojo aire, lleno mis pulmones de aire, lo expulso. Así reiteradamente.